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Paseo del Salón y Paseo de la Bomba

Cristalizan en esta época los paseos del Salón y de la Bomba (margen derecha del Genil) en 1612 se plantan filas de álamos, convertidos en 1715 en un solo paseo con seis fuentes, delimitado por el cauce del río, a un lado, y por la cerca de la ciudad, a otro. Esta cerca tenía 2 puertas, la de los Molinos, junto al Puente Verde (construido en madera) que daba acceso a pueblos del sudeste de la Vega (Huétor Vega, Cájar, La Zubia), la otra puerta era la del Pescado. Entre ambas y hasta el final de la Carrera de la Virgen se encontraba la “acera de los lecheros”.

En 1790, al derribarse la Puerta Real o del Rastro, ya se comenzaron a sentar las bases del Centro neurálgico de la ciudad, el tránsito se hacía por el puente del Rastro o de la Paja, punto de partida de la plaza actual.

La parte de la ciudad interior a la muralla entre Puerta Real y Bibataubín, laberinto de callejuelas ocupadas por gente “de mal vivir” -y numerosos lupanares- llamados la Manigua que se extendía hasta la cerca de la actual plaza del Carmen, entrándose a ella junto a la casa del “Padre de la Mancelia”, frontera a una fuente existente en la Puerta Real o del Rastro. La zona del Paseo del Salón fue usada durante mucho tiempo para celebraciones como el corpus y el carnaval.

Katherine Lee Bates fue una escritora y oradora americana que estuvo en en Andalucía en la segunda mitad del siglo XIX. Para ella su encuentro con Granada fue muy especial, afirmando incluso que “era mejor penar en Granada que en otro sitio”.

Llegó posiblemente en época de Carnaval o bien en fechas cercanas a la celebración de la Tarasca, puesto que en su escritos deja recogido que su llegada coincidía con el segundo domingo de fiestas de las clases populares, y lo describe como una estampa disfraces grotescos, máscaras amenazantes, matracas y personas golpeándose con vejigas coloreadas.

Cuando habla del Paseo del Salón describe una escena de jolgorio e impacto para ella y su acompañante de esta manera:

“Cuando nos encontramos con el soberbio Paseo del Salón, en medio de una muchedumbre medio gitana, que saltaba y gritaba, nos inundaba de confeti, y se dirigía hacia nosotras en una jerga, mezcla de francés e inglés, rodeadas de muchachos y mendigos, a la vista de la hermosa estatua de Colón, en Bronce, a la que las granadinas habían apedreado  hacía poco. Seguimos la indicación  de la mirada del sabio navegante y decidimos que nosotras, dos yankees, estaríamos mejor en cualquier otro sitio. Pies, ¿para qué os quiero?, dicen los españoles; nosotras también, y al momento pusimos en práctica el dicho”