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Durante el siglo XIX, la Alhambra desempeñó un papel singular como alojamiento para viajeros románticos. Hasta 1870, no fue declarada Monumento Nacional, por lo que sus visitas no estaban reguladas y su restauración aún estaba pendiente. El mantenimiento del recinto dependía de los habitantes que residían dentro de sus muros. En este contexto, la Alhambra se convirtió en un refugio para muchos viajeros que anhelaban hospedarse en las mismas estancias que la Casa Real o en instalaciones cercanas.

El acceso a la fortaleza se obtenía con el permiso del alcaide. Sin embargo, a partir de 1840, se estableció una norma estricta que prohibía entrar o salir de la Alhambra después de las diez de la noche, dificultando el tránsito de los visitantes.

Washington Irving (1783-1859) se hospedó en la Alhambra durante varios meses en 1829. Inicialmente, ocupó unas habitaciones contiguas a las del Emperador, en el Palacio de Carlos V. Sin embargo, en uno de sus paseos, descubrió los antiguos aposentos de la reina Isabel de Farnesio y, cautivado por el lugar, decidió trasladar allí sus pertenencias y permanecer en esa estancia hasta el final de su visita. Irving describió su experiencia con estas palabras:

“Jamás he gozado de una residencia más deliciosa… Estoy tan enamorado de mi apartamento que me cuesta trabajo salir de él para dar mis paseos. Estar en el corazón de este gran palacio deshabitado te da una grata  sensación de tranquilidad y sosiego difícil de describir.”

Solía desayunar en el Patio de los Leones o en el Salón de los Embajadores, disfrutando de su estancia