
La llegada del siglo XIX marcó un punto de inflexión en la forma de viajar. Por un lado, los avances significativos en el transporte, como el barco de vapor y el desarrollo del ferrocarril, transformaron radicalmente los desplazamientos. Por otro lado, el auge del Romanticismo revolucionó la percepción y la narrativa de los viajeros, quienes ya no se conformaban con observar y visitar lugares; también querían vivirlos y sentirlos.
En este contexto, España, y en particular Andalucía, se convirtieron en escenarios predilectos para la exploración romántica. Cientos de viajeros llegaron a la península buscando lo extraño, lo heterodoxo, lo ambiguo y lo enigmático de un país cercano geográficamente, pero que conservaba la singularidad de un pasado aún ajeno a la emergente modernidad europea.
Alrededor de la península, se gestó un mito romántico lleno de imágenes exóticas, vestigios orientales, tipos costumbristas y caminos agrestes poblados por bandoleros y truhanes. Esta singular imagen hizo que España fuera el país sobre el que más se escribió durante todo el siglo XIX.

